Apuntes geopolíticos por Barbara Solernou
Hay en nuestra cultura popular un conocimiento profundo. El argentino siente que el vacío existencial que
lo constituye es la causa de su angustia. Cuando supera la depresión, esa borrosa conciencia de la nada como esencia
del ser lo mueve, y hace algo, le canta: “Ya sé, no me digas tenes razón/ La vida es una herida absurda/ Y es todo, todo
tan fugaz/ Que es una curda, nada más/ Mi confesión”. Se da cuenta del sin sentido del capitalismo, de este holocausto
de las almas, pero no se resigna a que la vida sea esto, y busca algo sagrado. Hace arte, historia, política, deporte,
trabajo, lo que sea, intenta trascender, lo heredó de generaciones anteriores, es su legado.
El materialismo lo puede envolver en el laberinto de las cosas, pero no acepta el absurdo de vivir acumulando
como proyecto de vida, comprende la crematística como algo perecedero que no llena la nada que lo habita. El egoísmo
como modo de relacionarse lo avergüenza, la vanidad humana se vuelve agobiante, todos se sienten poca cosa después
de un tiempo. Solo los que abrazan causas nobles, grandes y verdaderas perduran fuertes y en actividad. Más temprano
que tarde, siente la necesidad de hacer el bien, de vivir en concordia, de intentar algo trascendente.
El profundo deseo de libertad que caracteriza al argentino se asemeja a la inquietante búsqueda de una verdad
que le dé sentido a su paso por esta tierra. Es la búsqueda del sentido trascendente de la vida y el mundo que nos libere
de manera más profunda y permanente que la territorial, política, económica y cultural. La verdad como la libertad no
son materiales. Materialmente la liberación nacional triunfa, tiene con qué –Revolución de Mayo-1810, Ejército de los
Andes-1814, Vuelta de Obligado-1845, YPF-1922, SOMISA-1947, ARS-1948, CONEA-1950 – pero no perdura, hace
falta algo más. La Patria Argentina y el Pueblo Trabajador, esas dos causas sagradas, no supieron defenderse del
enemigo cuya expresión más fuerte no es material sino subjetiva.
El capitalismo, con su razón instrumental cartesiana del pienso luego existo, junto al hecho religioso de que
Dios creara al hombre a su imagen y semejanza, fundamentó su voluntad imperial. Haciendo de los otros, los
extranjeros, negros, indios, pobres, mujeres, niños, animales, plantas, otras tantas cosas, que no piensan, ni existen, ni
son semejantes a Dios, sobre los cuales enseñorearse, para dominarlas en su beneficio material. Por eso los explotados
deben crear su propio espíritu, tener su propia filosofía.
Y esa fuerte filosofía-sentido que explique el deber ser, esa verdad que nos fundamente, la nueva
subjetividad de la liberación, no puede nacer en otro lado, es en nuestro país y es ahora. Porque el argentino tiene
profunda conciencia de sí mismo, de su propia fugacidad que brota como autodestrucción o intento de seguir vivos en
alguna obra, por humilde que esta sea. Pero no quiere ser inmortal, sino eterno. La muerte acechando le aporta un
sentido al amor, la generosidad, el heroísmo porque sabe que no habrá segunda oportunidad para jugársela, y necesita
dejar algo para los que vendrán. Hay conciencia de eternidad en eso, que no está en el más allá después de muertos,
sino acá y ahora, en la familia, en el barrio, en los compañeros, es compartida.
El espíritu argentino que habita en lo infinitamente pequeño de nuestro mundo interior venera aquello que es
de todos. Por eso ve en la Patria Argentina y el Pueblo Trabajador dos causas sagradas, las considera su madre tierra y
sus compañeros, la vida y el mundo, por los cuales jugársela y trascender.
Solo basta que el argentino humilde comprenda el potencial revolucionario que habita en su angustia
existencial y que con la coherencia de la filosofía prenda fuego la celda y busque el cielo. Tu lágrima de ron me lleva,
hacia el hondo bajo fondo donde el barro se subleva.
Bá

